18 de septiembre al 3 de octubre 2025
Cuánta vanidad hay en sentarse a escribir
sin haberse levantado a vivir.
— Henry D. Thoreau, Journals (Aug. 19, 1851)
Dejar de hablar tanto de cualquier cosa. Bajar el volumen. Del ruido que viene de afuera, de otros. El ruido de los mandatos, el grito del vendedor. De los roles que te pide la sociedad. El ruido del éxito queriendo llamar tu atención.
Vas inmerso en sinsentidos, perdido entre gritos que solo te dejan escuchar a quien grita más fuerte. Hasta que algo te suena adentro. Algo pide escuchar tu propia voz, la olvidada entre tanto grito ajeno. Algo te pide quietud.
Te animás a perder el control y entrás al bosque, al tuyo. Sin brújula, te sumergís en lo desconocido. No hay camino marcado y la intuición te guía. Este camino se siente más real, peligroso, pero real. La incomodidad, que aparece siempre al tomar un riesgo, se te pega a la piel en forma de humedad.
Apartás las ramas de los arbustos con tus manos y abrís un sendero nuevo a tu paso. Los gritos ya no están, ahora aparece el susurro del miedo: resabio de lo que quedó atrás. Seguís caminando mientras sopla por encima de tu hombro, pero decidís avanzar.
Tu andar se siente más genuino. Sos parte de un todo, estás inmerso y al centro. El bosque y vos, dos caras de la misma moneda de la creación. ¿Qué tiene para mostrarte? ¿Qué te espeja?
Los ritmos que no se pueden apresurar. Los ciclos que se repiten, cada uno a su tiempo. Tus herramientas son ahora tus cinco sentidos, los tenés más agudos que tu mente. Afinás el oído. Te acercás a lo más chiquito y reconocés, en un brote, la esperanza; en una hormiga, a una maestra. En una gota de rocío, la magnitud. Y así rejuvenece tu confianza en esta vida —o este bosque—, al ver que no pasaba nada, que eran lo mismo.
La inmensidad te da perspectiva. Te ves a vos mismo distinto, lo que te rodea no parece igual. El bosque te abraza y te contiene, la quietud unió en silencio tus pedazos.
El miedo dejó de perseguirte y de repente te encontrás con un cielo abierto, pulcro. El sol dispersa la bruma de la mañana y te acaricia. No todo es derrota y sacrificio.
¿Dónde te encuentran los que ya no te ven? Quizás, al mirar el río correr entre las rocas, recuerden tu mirada. ¿Y en quién pensás vos cuando el viento sacude estos árboles? Tal vez el viento traiga alguna risa olvidada.
Si ya sabemos que la humanidad retoma los sueños de otros, ¿cuántos podrán seguir tu rastro para imaginar otros caminos posibles?
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Carolina Arriagada, septiembre 2025
